Rocas, dunas y leyendas en la costa lisboeta

Todos los turistas que acuden a pasar unos días a Lisboa hacen una breve excursión a Sintra, la villa portuguesa de los castillos y palacios declarada Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. También son muchos los que en su regreso a la capital pasan por Cascais y Estoril, ciudades costeras que se han convertido en el lugar de veraneo de los lisboetas más afortunados. No obstante, entre Sintra y estas dos localidades hay tres puntos que no deben faltar en una visita a la costa norte de la capital lusa: el Cabo da Roca, la Praia do Guincho y la Boca do Inferno. Tres lugares en los que la acción del mar ha creado unos preciosos parajes naturales con unas características que han alimentado algunas leyendas.

Inscripción en Cabo da Roca.
Inscripción en Cabo da Roca.

Cabo da Roca

Cabo da Roca.
Cabo da Roca.
Aunque para muchos, el punto más occidental de la Europa continental se encuentra en Finisterre (Galicia), este privilegio lo ostenta en realidad el Cabo da Roca de Portugal. Independientemente de su exacta posición geográfica, el aislamiento y la rudeza de sus escarpados acantilados, que se elevan 140 metros por encima del mar, hacen comprender porque hace seis siglos se pensaba que este era el fin del mundo (como también ocurría en el norte de España).

Cabo da Roca.
Cabo da Roca.
Aunque en las cercanías no haya viviendas, núcleos urbanos o restaurantes, el trasiego de turistas es incesante. La mayoría se fotografía con la placa de “Ponte mais occidental do continente europeu”, colocada en un monumento de piedra coronado por una cruz. En él encontramos además una frase de la principal obra –Os Lusiadas– del gran poeta luso, Luis de Camoes: “Aqui…onde a terra se acaba e o mar começa…”. Otros tantos desafían a la suerte y a las vallas de madera que limitan el camino y se asoman a los acantilados para hacerse épicas fotografías con la inmensidad del océano de fondo. Unos cuantos se acercan al faro que domina el paisaje. Data del siglo XVIII, aunque fue modificado en 100 años después, y fue el primero construido en el país. Por último, los que desean enfrentarse al fuerte viento que sopla en la zona, recorren algunos de los senderos marcados mientras escuchan cómo las grandes olas rompen contra las rocas.

Praia do Guincho
Praia do Guincho.

Praia do Guincho

En el camino que va desde el Cabo da Roca a la Boca do Inferno nos encontramos con una impresionante playa protegida de la carretera por las dunas. Integrada en el parque nacional de Serra de Sintra, y por tanto protegida de la construcción urbanística, su fuerte oleaje la convierten en el lugar preferido de los surfistas profesionales. Esta misma característica es la misma que hace posible que sus arenas y sus aguas estén casi vacías de turistas: el viento de la playa do Guincho convierte el lugar en incómodo para relajarse a tomar el sol y peligroso para bañarse (además de desagradable, por la baja temperatura de sus aguas).

Boca do Inferno.
Boca do Inferno.

Boca do Inferno

Boca do Inferno.
Boca do Inferno.
Llegando ya a la ciudad de Cascais, nos encontramos un nuevo acantilado, pero en este caso más feroz que el del Cabo da Roca, y no tan aislado ni solitario ­–junto a él hay un mercadillo y algún restaurante. La acción de las olas sobre las rocas calizas ha generado en este punto de la costa lusa una cueva por las que se oye rugir enfurecido al demonio.

Boca do Inferno.
Boca do Inferno.
Según la leyenda, la conexión de la tierra con el infierno en esta zona se debe a la acción de un hechicero. Tras casarse con una bella joven, decidió encerrarla en su castillo de Cascais por miedo a perderla. Un día, un apuesto caballero acudió a ver quién vivía allí encerrado. Nada más verla, quedó prendado de ella y sus visitas diarias hicieron nacer un profundo amor entre ambos.  Un día decidieron escapar por la costa de la prisión del hechicero, pero este, furioso por la huida, creó una gran tormenta que hizo que las rocas por las que pasaban se abriesen en un profundo agujero hacia el infierno por el que fueron absorbidos.

Te creas o no la leyenda, las formaciones de las rocas, el contraste de colores y la ferocidad del mar te cautivarán. Si no es suficiente, el ágil y suave vuelo de las gaviotas sobre tu cabeza te conquistará y tratarás de captar cómo se dejan llevar por las rachas de viento mientras buscan una presa para saciar su apetito.

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